La música y el desarrollo de los niños

Quiero compartir algunas reflexiones sobre uno de los aspectos más extraordinarios de la música.

La música es una experiencia vital del ser humano desde su temprana infancia que, en muchos individuos, precede incluso a otras actividades como la lectura o el habla. Sobre los beneficios de la música en los niños existe una amplia disponibilidad de conocimiento científico que merece la pena comenzar a explorar antes de realizar una mera enumeración.

Estudios recientes del cerebro humano han explorado el modo en que las experiencias musicales tempranas influyen en el desarrollo de otras habilidades.

Se ha demostrado que las experiencias musicales tempranas influyen en el modo en el que el cerebro comienza a codificar los sonidos del lenguaje. La distinción entre patrones rítmicos y melódicos se transfiere a la capacidad de identificar y manipular los sonidos individuales (fonemas) que forman las palabras. El entrenamiento rítmico puede mejorar la comprensión de la lectura. La participación en actividades musicales creativas, como la improvisación, favorece el desarrollo de la creatividad (Hallam, 2010).

Diversas investigaciones muestran cómo la estimulación del sistema auditivo participa en el procesamiento sonoro, lo cual es esencial para el desarrollo de la lectura y la comunicación (Habibi et al., 2018). Los cambios se relacionan con el aumento de la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para reorganizar y modificar sus conexiones neuronales en respuesta al aprendizaje y la experiencia.

Es importante reconocer que el aprendizaje y la práctica de un instrumento son una tarea cognitiva compleja que requiere atención, coordinación motora, percepción auditiva y memoria. Se asocia al desarrollo de áreas del cerebro relacionadas con la capacidad de recordar palabras. Impacta en el desarrollo intelectual y en la capacidad de comprender, visualizar y manipular mentalmente formas, objetos y relaciones en el espacio (Hallam, 2010; Altenmüller, 2001).

No solamente es importante para el desarrollo emocional, sino también para el bienestar físico y mental. Aprender a tocar un instrumento mejora la coordinación motora fina. Se ha descubierto que puede impactar el sistema inmunológico, la respiración, la postura, el estrés y el estado anímico (Hallam, 2010), y generar entusiasmo y gozo (Carrillo Aguilera, Viladot Vallverdú y Pérez-Moreno, 2017).

Si bien se suele enfocar con un cierto optimismo, aún pendiente de sustento científico, el impacto de la relación entre la educación musical y las matemáticas o el rendimiento académico, sí tiene un impacto positivo en el desempeño escolar, el desarrollo personal y social que se produce a partir del contacto con la música.

El aprendizaje musical mejora la autoestima, la confianza, enseña perseverancia, autodisciplina y motivación por aprender, concentración y, en sentido general, resolución de problemas.

Además, favorece la adquisición de habilidades sociales en el intercambio con iguales, el sentido de pertenencia, la cooperación, la adaptación, la concentración, el trabajo en equipo, el respeto y el compromiso (Hallam, 2010).

Otro aspecto fundamental es la identificación de emociones en la música, estrechamente ligado con el desarrollo de la inteligencia emocional, un aspecto del que todavía debe beneficiarse aún más la educación tradicional. La música sirve para potenciar el apego, aprender a gestionar y comunicar emociones propias. Esta relación estrecha entre identidad personal, formación de valores y música se potencia en el período de la adolescencia, un tema que merece un espacio individual.

Otros autores abordan un aspecto que me resulta importante: la sensibilización hacia la música y otras artes, la mejora de la capacidad crítica y la curiosidad y el respeto hacia otras culturas (Sarget Ros, 2003).

Materializar los beneficios —cognitivos, físicos, emocionales y sociales— de la música en la educación infantil requiere de una investigación profunda y constante. Pero también exige otro esfuerzo igualmente necesario: el compromiso de quien la enseña. La experiencia de aprendizaje debe ser agradable y gratificante, y debe realizarse desde el estímulo hacia la creatividad.


Referencias

Altenmüller, E. O. (2001). How many music centers are in the brain? Annals of the New York Academy of Sciences, 930(1), 273–280.

Carrillo Aguilera, C., Viladot Vallverdú, L., & Pérez-Moreno, J. (2017). Impacto de la educación musical: una revisión de la literatura científica. Revista Complutense de Educación, 28(1), 61–74.

Habibi, A., Damasio, A., Ilari, B., Sachs, M. E., & Damasio, H. (2018). Music training and child development: A review of recent findings from a longitudinal study. Annals of the New York Academy of Sciences, 1423(1), 73–81.

Hallam, S. (2010). The power of music: Its impact on the intellectual, social and personal development of children and young people. International Journal of Music Education, 28(3), 269–289.

Sarget Ros, M. Á. (2003). La música en la educación infantil: estrategias cognitivo-musicales. Ensayos: Revista de la Facultad de Educación de Albacete, 18, 197–209.

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